En el momento en que el primer ser humano puso el pie sobre la Tierra, comenzó también el primer comercio, la primera negociación de trueque e intercambio. Dicho de forma llana: las gallinas que entran por las que salen.
Podemos disfrazar nuestra magnanimidad y mostrarnos condescendientes con la vida y sus habitantes, tratando de anteponer lo auténtico a lo espurio o rastrero. No cabe duda de que existen corrientes humanistas que lo intentan con firmeza. Sin embargo, la realidad es que la vida misma es un comercio inagotable de intercambio y acoplamiento.
Cada transacción genera movimientos; el flujo de capital es continuo. El capitalismo anida por doquier, mientras las distintas ideologías —ya sean de izquierdas o de derechas— le bailan el agua a babor y a estribor.