Bajo la tranquilidad que regala un rincón arbolado, entre arbustos y flores de mil colores, destaca una gama de verdes deslumbrantes. Muchas de sus hojas exhiben un brillo reluciente y espectacular, una vivacidad casi imposible de replicar, incluso para los pinceles de los más consagrados pintores.
Me encuentro en un parque de la costa mediterránea, ya bien entrado el otoño, descansando sobre un banco de madera y escuchando el trinar de diversos pájaros. De pronto, escucho un murmullo agitado que desciende desde lo alto: son las hojas caducas que, vestidas con un cálido tono ocre anaranjado, emprenden su viaje hacia la tierra que las nutrió. Aunque han perdido la clorofila, conservan esa arquitectura robusta que resistió los vientos y las trombas del verano.
Ahora se amontonan con sus firmes esqueletos intactos, tapizando el suelo y los escalones del parque; crujientes y serenas, descansan en su lecho definitivo tras haber cumplido con creces su misión en esta breve, luminosa y fecunda vida.