Las vacaciones veraniegas nos permiten adentrarnos en rincones idílicos donde se funden el mar y la montaña. Allá nos presentamos en familia —al completo, en la mayoría de los casos— dispuestos a desconectar de la rutina del resto del año. Alimentados por recuerdos de la juventud y una buena dosis de imaginación, emprendemos el viaje hacia el ansiado destino dorado.
Sin embargo, una vez instalados en esos cincuenta o sesenta metros cuadrados —da igual que sea en propiedad o en alquiler—, comienzan los fallos de logística, las batallas de egos y las servidumbres de la convivencia masiva en una localidad cuyo padrón se ha multiplicado por diez o por veinte.
Como es lógico, la zona de confort salta por los aires: aparcamientos imposibles, colas kilométricas en el supermercado, inoportunas huelgas de limpieza y el típico insensato apurando el acelerador en zonas limitadas a treinta kilómetros por hora. Si a todo este cóctel le sumamos temperaturas que superan holgadamente los treinta grados —aliviadas a duras penas por sistemas de aire acondicionado o ventiladores de medio pelo—, llega el momento de hacer la cuenta inversa a los grandes planes vacacionales: empezar a contar, sin duda alguna, los días que nos quedan para volver a la ansiada rutina.
La Nueva España-Diario de Asturias 16-08-2026. Edición digital
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El Universo 24-08-2026. Guayaquil-Ecuador. Edición digital
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La Tribuna de Albacete 28-08-2026. Edición impresa
El Correo 29-08-2026 Edición impresa de: Vizcaya, Costa, Nervión – Ibaizabal, Duranguesado, Guipúzcoa, Margen Derecha, Margen Izquierda, Araba/Álava, Cedro