Esa energía acumulada en materia, que nos convierte en una parte del cosmos, anda girando medio loca sin llegar a saber que nada tiene que ver con el propósito por el que perdemos el tiempo (esa medida inventada que oculta, inconscientemente, nuestra función principal). Somos materia diversificada que pulula por nuestros sentidos sin un orden preferente, sin descubrir que nada somos sin esa función oculta en la agonía que nos abruma: poner orden en un caos absurdo, pero necesario para la vida y la muerte.