Hace unos días escuchaba una información sobre las secuoyas, esos árboles majestuosos que se erigen como los verdaderos gigantes del bosque, alcanzando alturas espectaculares que superan los 80 metros. Sus troncos registran diámetros medios de entre 6 y 8 metros, con perímetros que sobrepasan fácilmente los 20 o 25 metros.
Sin embargo, encierran una particularidad
fascinante: sus raíces no se hunden tanto como su altura sugeriría, pues apenas alcanzan entre 1 y 2 metros de profundidad. Su secreto radica en que se extienden horizontalmente a lo largo de más de 30 o 40 metros para entrelazarse con las de los árboles vecinos. Gracias a este abrazo subterráneo, logran resistir vientos feroces y tormentas; apoyándose colectivamente, consiguen sostenerse y elevarse hasta alturas de vértigo.
Qué valioso ejemplo nos ofrece la naturaleza para la convivencia y el progreso social. De la misma manera, una red bien articulada de instituciones públicas u organizaciones éticas distribuidas por el mundo cimentaría una estructura social sólida, capaz de resistir las mayores adversidades. La naturaleza, en cualquier rincón del planeta, jamás deja de enseñarnos.
La Nueva España-Diario de Asturias. 24-9-2026. Oviedo. Edición digital