Cuando el entorno en el que frecuentamos nuestras rutinas diarias —muchas veces obligatorias— en la ciudad, el pueblo o las zonas de ocio se vuelve peligroso, ya sea por falta de seguridad, por un exceso de delincuencia o por ambas cosas, elevamos nuestro umbral de protección para resguardarnos. Los miedos afloran y nos arrebatan esa tranquilidad necesaria para sobrellevar esta incertidumbre existencial. En esa batalla entre la ética y la inmoralidad transcurren los días mientras nos llegan noticias indeseables que, a veces, dejamos pasar por creer que pertenecen a ese otro mundo paralelo ajeno a nuestra zona de confort. Sin embargo, la delincuencia, las mafias, las agresiones, los robos, las componendas de poder y los atentados se atrincheran justo allí donde esos mundos paralelos chocan de manera inevitable.