El ser humano, junto con la ciencia, forma la simbiosis perfecta para devolver la esperanza a personas con enfermedades terminales que, habiendo perdido la fe en el futuro, ven de pronto cómo se les concede una nueva oportunidad. Esto es posible gracias al altruismo de los donantes que ya no están con nosotros —aunque, en cierto modo, siguen presentes dejando un ejemplo humano inigualable—, y a la labor de cirujanos y equipos médicos que, con la precisión milimétrica que exige el protocolo, hacen posible el milagro.
No me quedan palabras para agradecer un logro tan prodigioso que hoy ya forma parte de mi propia vida.
Animaos y dejad firmada vuestra donación de órganos.